De cuando las setas eran botones
Antes no había setas: el monte Friolero se abrochaba el abrigo con 212 botones. Y a las seis en punto iba a llover encima de una orquesta de grillos que no sabía qué era la lluvia.

En Tiritona, el otoño empieza el día que el monte Friolero se pone el abrigo.
Es un abrigo de musgo, verde manzana, largo hasta el pueblo. El monte se lo pone la primera mañana fresca, se lo abrocha con sus doscientos doce botones blancos y se queda dormido hasta la primavera, con la barbilla metida en el cuello.
En Tiritona a nadie le parece raro. El panadero mira por la ventana, ve el monte abrochado y dice:
—Hala. Castañas.
Y saca la sartén de los agujeros.
Tiritona tiene otra cosa muy suya: la nube Puntual. Pasa el verano fuera y vuelve el mismo día que el monte se pone el abrigo. Desde ese día, llueve todas las tardes a las seis en punto. Ni a las seis y uno ni a las seis menos cuarto. Las vecinas ponen los relojes en hora con ella.
Esta historia pasó hace mucho, cuando las setas todavía no existían. Pasó el primer día de otoño, y pasó entera en media hora.

Las cinco y media
Tecla subía por la ladera con su chubasquero rojo tomate y su paraguas amarillo. Era un paraguas automático. Tenía un botón negro y gordo en el mango: lo apretabas y ¡flop!, se abría solo. A Tecla le parecía el mejor invento de la historia, por delante de la cuchara.
Iba al último concierto de la Orquesta del Verano.
La Orquesta del Verano eran cuarenta grillos que habían nacido en julio. Habían tocado todas las noches de agosto, todas las de septiembre, y esa tarde daban el concierto de despedida, encima de una piedra plana, en mitad del abrigo del monte. El director era el grillo Leovigildo, que llevaba pajarita roja y dirigía con una ramita.
El público eran seiscientas hormigas en fila, muy formales, y Tecla, que se sentó en el musgo con cuidado de no aplastar a nadie.
—Cri —dijo Leovigildo, que en grillo quiere decir «buenas tardes».
Y la orquesta empezó.

Las cinco y cuarenta
Por encima de la cumbre asomó una nube gorda, gris perla, con cara seria.
Tecla la miró. Miró el reloj de la torre, allá abajo. Miró a los grillos.
—Leovigildo —dijo—. A las seis llueve.
—¿Llueve? —dijo Leovigildo—. ¿Y eso qué es?
Claro. Los grillos de la Orquesta del Verano habían nacido en verano. No habían visto llover en su vida. No sabían que, para un grillo, una gota de lluvia es como para ti un cubo de agua lanzado desde un balcón. Ni que con cuatro gotas la orquesta entera acabaría rodando ladera abajo, patas arriba, hasta la puerta de la panadería.
Tecla abrió su paraguas. ¡Flop! Debajo cabían nueve grillos y una hormiga despistada. Faltaban treinta y un grillos y quinientas noventa y nueve hormigas.
—Necesito más paraguas —dijo Tecla—. Muchos más.
Las cinco y cuarenta y cinco
Tecla se quedó mirando su paraguas. Luego miró el botón negro del mango. Luego miró el abrigo del monte, lleno de botones blancos.
Y pensó una cosa que, si lo piensas despacio, es facilísima:
si los paraguas tienen un botón, los botones tendrán un paraguas dentro.
Se acercó al botón blanco más cercano. Puso el dedo encima. Apretó.
¡Flop!
Del botón salió un paraguas blanco y pequeñito, con un palito por mango, clavado en el musgo.
—Ah, mira —dijo Leovigildo—. Un paraguas.
Y se metió debajo con tres grillos más, como quien entra en su casa.

Las cinco y cincuenta
Doscientos doce botones. Diez minutos. Tecla echó a correr.
Botón, botón, ¡flop! Paraguas.
Botón, botón, ¡flop! Paraguas.
Los grillos quisieron ayudar. Saltaban encima de los botones con las seis patas a la vez, pero un grillo pesa lo que una miga de pan, y los botones ni se enteraban. Las hormigas lo intentaron en fila, una detrás de otra, empujando con la cabeza. Nada. Aquello solo lo podía hacer alguien que pesara como una niña de seis años, y en la ladera solo había una.
Botón, botón, ¡flop! Paraguas.
Debajo de cada paraguas blanco se iban metiendo grillos y hormigas, en orden, sin empujar. Una hormiga pidió uno para ella sola porque era muy suya. Se lo dieron.
Allá abajo, el reloj de la torre: las seis menos dos.

Las seis menos un minuto
Quedaba un botón. El gordo. El de debajo de la barbilla del monte, que era del tamaño de una rueda de bicicleta.
Debajo de ese tenía que caber la orquesta entera, junta, porque una orquesta repartida en doscientos paraguas no es una orquesta: es un lío. Los cuarenta grillos ya subían detrás de Tecla, a saltos, con la piedra plana a cuestas, porque un escenario no se deja tirado.
Tecla puso las dos manos encima y empujó. Nada. Se subió encima y saltó. Nada. Se sentó encima y se hizo la pesada, que es una cosa que Tecla hacía muy bien en la cola del médico. Nada de nada. Aquel botón estaba abrochado a conciencia y no pensaba moverse.
La nube Puntual se colocó encima de la ladera. Se le hincharon los mofletes.
Entonces Tecla cogió su paraguas amarillo. Lo cerró. Puso la punta pegada al centro del botón gordo, se agarró al mango con las dos manos, cerró los ojos y apretó el botón negro.
¡FLOOOP!
El paraguas amarillo se abrió de golpe, con toda la fuerza de un paraguas automático, y empujó el botón gordo hacia dentro.
Y del botón gordo salió un paraguas blanco enorme, tan grande como una mesa de cocina, en el que cabían cuarenta grillos, un director y una piedra plana.
Dong. Dong. Dong. Dong. Dong. Dong.
Las seis en punto.

Las seis y un minuto
Llovió. Plic, plic, plic, encima de doscientos doce paraguas blancos y uno amarillo.
Y debajo del grande, la Orquesta del Verano siguió tocando. Ahora sonaba mejor que nunca, porque la lluvia les hacía de tambor.
Entonces el monte Friolero abrió un ojo. Luego el otro. Se miró el cuello desabrochado y soltó un suspiro tan largo que movió los pinos de los hombros.
—Aaah —dijo el monte—. Trescientos otoños abrochándome ese botón, y siempre me apretaba.
—Perdón —dijo Tecla.
—Gracias —dijo el monte.
Y volvió a cerrar los ojos, con la barbilla por fuera.

Las seis y media
Cuando paró de llover, los paraguas blancos se quedaron clavados en el musgo. Ya no se cerraban: se habían acostumbrado al aire. Los niños de Tiritona los llamaron setas, porque «paraguas de botón» era muy largo.
Ahora, cada otoño, al monte le salen botones nuevos en el abrigo, y cuando oye llegar a la nube se los aprieta él solo, sin despertarse, como quien se rasca dormido. Por eso las setas salen cuando llueve. Por eso tienen forma de paraguas. Y por eso, cuando una seta es todavía pequeña y no se ha abierto, es redonda, blanca y lisa, igualita que un botón. Si un día vas al monte después de llover, búscala (para mirarla, no para tocarla) y lo verás.
Esa noche Tecla bajó a casa con las katiuskas llenas de musgo y el paraguas amarillo un poco torcido.
Y en la ladera, debajo de la seta grande, cuarenta grillos y un director dormían en fila, con las antenas cruzadas.
Cri.



