Cuentos para leer

Alguien calabacea la corrala

La noche de Halloween, en la corrala de Casilda, las cosas se están volviendo calabazas. El narrador ya sabe quién ha sido. Casilda no está tan segura.

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Ilustración de «Alguien calabacea la corrala»

Os lo digo ya, para ahorrar tiempo: ha sido la bruja.

Ya está. Ya podéis dormir. Buenas noches.

¿Cómo? ¿Que hay que contarlo entero? Bueno. Pero que conste que yo lo he dicho primero.

Lo que pasó en el patio (y por qué fue la bruja)

Era la noche de Halloween en la corrala de la calle de la Paloma, número 14: tres pisos de balcones verdes alrededor de un patio con una fuente, murciélagos de papel colgados de las cuerdas de tender y castañas asándose en la portería, que se olían desde el tercero.

Casilda tenía siete años, una lupa de mango amarillo y una gabardina de detective que le arrastraba por el suelo como la cola de un vestido de novia. Su hermano Lucio tenía tres años e iba de rana, con botas de agua nuevas y todo. Lucio se había tomado el disfraz muy en serio. Desde la merienda no decía nada más que «croac».

—Lucio, ¿quieres agua?

—Croac.

—Lucio, que se te cae la capucha.

—Croac.

Bueno, una vez dijo otra cosa. Le preguntó a su madre si las brujas de verdad tienen calabaza. Pero eso no viene a cuento y no sé por qué lo cuento.

Y entonces, a las ocho y diez, el felpudo del bajo B se convirtió en una calabaza.

Una calabaza naranja y redonda que, si te ponías encima, todavía te rascaba un poco los pies.

Ilustración de «Alguien calabacea la corrala»

A las ocho y cuarto, la bici roja de Casilda se convirtió en otra calabaza. Esta tenía timbre. Le dabas y hacía tilín.

Y a las ocho y veinte, Garbanzo, el gato del portal, que estaba durmiendo en el borde de la fuente, se convirtió en una calabaza con orejas. Una calabaza que ronroneaba.

Ahí ya dije basta. Porque en el segundo piso vive doña Engracia, que esa noche iba de bruja. Tenía sombrero puntiagudo. Tenía escoba. Tenía una verruga verde en la nariz. Y se reía así: ji, ji, ji.

—Se ríe así porque le hacen gracia las cosas —dijo Casilda.

Eso es justo lo que diría una bruja.

—Doña Engracia tiene ochenta y un años y la verruga es de plastilina —dijo Casilda—. Me la enseñó ayer.

Más a mi favor: una bruja que se fabrica sus propias verrugas.

Ilustración de «Alguien calabacea la corrala»

Los sospechosos, que son dos (bueno, uno)

Había otro sospechoso, lo reconozco: el señor Teodoro, del primero. Iba de vampiro, con una capa que le quedaba muy bien y unos colmillos de plástico que se le caían cada vez que decía «buenas noches». Y llevaba una calabaza en brazos. Todo el rato. Como si fuera un bebé.

¿Por qué lleva un señor una calabaza en brazos toda la noche? ¿Eh? ¿EH?

—Señor Teodoro, ¿de dónde ha sacado esa calabaza? —preguntó Casilda.

—De la frutería de Paco —dijo él, y se le cayeron los colmillos—. Era la última. No quedan más en todo el barrio.

Casilda lo apuntó en su libreta. Yo no lo apunté porque no tengo libreta y porque no tenía ninguna importancia.

Luego Casilda se puso a mirar con la lupa alrededor de cada calabaza. Y alrededor de cada calabaza había gotas. Gotitas de agua.

Ha llovido, dije yo.

Casilda miró al cielo. No había ni una nube.

Ha llovido un poco, dije yo. Solo encima de las calabazas. Pasa mucho.

También había huellas mojadas en las baldosas, pequeñas y redondas por delante. Y de vez en cuando, por las esquinas, se oía un ruido: cuic, cuic, cuic.

Ratones, dije yo.

—Los ratones no hacen cuic —dijo Casilda.

Ratones con zapatos nuevos.

Ilustración de «Alguien calabacea la corrala»

La prueba definitiva (que no lo fue)

Entonces doña Engracia dio un grito desde el balcón:

—¡Mi regadera! ¡Alguien se ha llevado mi regadera vieja!

En el taburete donde siempre estaba la regadera de hojalata no había nada.

—Era de mi abuela —dijo doña Engracia—. La noche de las castañas la guardo dentro de casa, porque esa noche hace cosas raras. Y este año se me ha olvidado.

¿LO VEIS? ¡Confesión! ¡Caso cerrado!

—Eso no es una confesión —dijo Casilda, mirando hacia arriba, que es donde suelen estar los narradores—. Es una pista. Y tú te estás precipitando.

Yo no me precipito nunca. Yo narro.

En ese momento, desde la escalera oscura, se oyó una vocecita:

—Calabaza. Calabaza.

¡Un conjuro! ¡La bruja está haciendo un conjuro!

—Doña Engracia está aquí al lado —dijo Casilda—. Y esa voz es muy pequeña.

Y se fue escaleras arriba, siguiendo las gotas, siguiendo las huellas y siguiendo el cuic, cuic, cuic.

Lo que encontró en el tercer piso no os lo voy a contar.

Bueno, vale.

Encontró a una rana. Una rana de tres años, mojada hasta los codos, con unas botas de agua que hacían cuic y la regadera de doña Engracia entre las manos. La rana estaba regando el felpudo del tercero C y decía muy bajito:

—Calabaza, calabaza.

Uy, no, perdonad, que eso era hace un segundo. Ya no estaba regando el felpudo, que ya se había puesto naranja. Se había dado la vuelta y estaba apuntando con la regadera hacia arriba. Hacia donde suelen estar los narradores.

¡Eh, eh, eh! ¡A mí no, que yo no soy de esta corrala!

Casilda le bajó la regadera con un dedo, muy despacito. Gracias, Casilda. De verdad.

Ilustración de «Alguien calabacea la corrala»

Por qué una rana quería una calabaza

—Lucio —dijo Casilda.

—Croac.

—Lucio.

—… Es que doña Engracia no tiene calabaza —dijo Lucio, y se le puso el labio de abajo para fuera—. Y en la frutería no quedan. Y las brujas tienen que tener calabaza. Y ella riega los geranios y los geranios crecen. Y yo regaba y decía calabaza. Pero el felpudo salió muy pequeño. Y la bici tenía timbre. Y Garbanzo ronroneaba. Y las calabazas de verdad no ronronean.

Ahí tuve que callarme un rato. Lo reconozco.

Casilda miró la regadera. Miró a su hermano. Y pensó como piensan los detectives, que es despacito y con la lupa quieta.

Si riegas una cosa y dices «calabaza», sale una calabaza. Entonces, si riegas una calabaza y dices otra cosa…

Bajó al patio, regó la calabaza que ronroneaba y dijo:

—Garbanzo.

Y ahí estaba Garbanzo otra vez, gordo, color crema, empapado y muy ofendido. Lo primero que hizo al volver a ser gato fue enfadarse por estar mojado. Lo segundo, sacudirse encima del señor Teodoro.

Ilustración de «Alguien calabacea la corrala»

Regó la bici y dijo «bici», y la bici volvió con su timbre y su tilín. Regó los dos felpudos, el del bajo B y el del tercero C, y dijo «felpudo» dos veces, y los dos volvieron a rascar los pies como siempre.

Y en la regadera quedaba un chorrito. Uno solo.

Casilda cogió una castaña asada de la portería, todavía calentita, la puso en el suelo, le dio la regadera a Lucio y le dijo:

—Ahora tú. Y dilo bien.

—Calabaza —dijo Lucio, regando con mucho cuidado.

Y la castaña se convirtió en una calabaza. No muy grande, del tamaño de un melón, marrón por arriba y naranja por abajo, y que olía a castaña asada.

Era perfecta.

El final, que me toca contar aunque no me guste

Lucio subió la calabaza al segundo piso, con las botas haciendo cuic en cada escalón, y se la dio a doña Engracia. Doña Engracia la puso en el taburete del balcón, donde antes estaba la regadera. Y la regadera la metió dentro de casa y cerró la puerta con llave.

Ilustración de «Alguien calabacea la corrala»

Lo que Casilda me dijo entonces, mirando hacia arriba con la lupa, no pienso repetirlo. Solo diré que tenía razón y que lo dijo muy despacio, para que me enterara bien.

Esa noche Lucio se durmió con el disfraz puesto y las botas todavía en los pies. Antes de cerrar los ojos dijo una última cosa, y no fue «croac».

Fue:

—Buenas noches, narrador.

Buenas noches, Lucio.

Que conste que la verruga de plastilina me sigue pareciendo muy sospechosa.


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