El barrio que se disfrazó de mapa
Leire dibuja con ceras el mapa de su barrio para ir al truco o trato. Pero en Halloween todo se disfraza... y esta noche el barrio se disfraza de su mapa, con todos sus fallos.

Yo antes era un folleto de mandarinas. Por delante tenía mandarinas a 1,99 el kilo y por detrás no tenía nada, que es lo más aburrido que se puede tener por detrás.
Hasta que Leire me dio la vuelta.
—Te voy a convertir en un mapa —me dijo—. El mapa del truco o trato.
Y yo, que nunca había sido otra cosa que mandarinas, me puse tan tieso que se me alisaron las esquinas.
Norte: el cuarto de Leire
Leire dibuja como dibujan los que tienen seis años: apretando mucho y sacando la lengua.
Primero me pintó la calle del Almendro, recta y amarilla, porque el gris no le gusta, con un punto gordo en el número 7, que es su casa. Luego, la plaza, redonda. En medio de la plaza, la fuente. La fuente tenía que ser azul, pero la cera azul llevaba desde el verano debajo de la cama, así que la pintó de marrón.
—Da igual —dijo—. Se entiende.
Después vino Pimentón, el gato de la portera. Lo dibujó naranja y enorme, más grande que los edificios, tan grande que la cola le daba la vuelta a la manzana.
—Es que es el más importante del barrio —me explicó.
En la última esquina, que se había quedado vacía, dibujó un fantasma pequeño con zapatillas rojas, porque en Halloween tiene que haber uno. Debajo escribió su nombre con letras gordas: FANTAMA.
Le faltaba una ese. Yo me di cuenta, porque los mapas somos muy de fijarnos. Pero no dije nada: los mapas no hablamos. Casi nunca.
Al final, Leire me dobló en cuatro, ¡clac, clac!, y me guardó en el bolsillo del vestido de bruja. El doblez me pasaba justo por la mitad de la calle del Almendro, a dos portales del número 7. Me dio un poco de rabia. Me había quedado tan bonito.

La calle del Almendro, a las ocho
Hay una cosa que no sabéis de Halloween: todo se disfraza. Los niños se disfrazan de esqueleto, las calabazas de cara y los papás de momia con papel higiénico, como el papá de Leire, que iba soltando tiras por la escalera.
Lo que nadie sabe es que los barrios también se disfrazan. Y que eligen el disfraz igual que vosotros: con lo que tienen más a mano.
A las ocho en punto, Leire me sacó del bolsillo y me desplegó debajo de una farola. El barrio se asomó por encima de su hombro, me miró de arriba abajo y dijo, muy bajito, con voz de alcantarilla:
—De eso me pido.
Y se disfrazó de mí.
Los adoquines se pusieron amarillos, amarillo cera, con rayajos y todo. Y por encima de los tejados asomó una oreja naranja, doblada hacia delante, del tamaño de un autobús.
—¡Pimentón! —gritó Leire.
Pimentón, tumbado sobre cuatro tejados a la vez, abrió un ojo verde y redondo como una piscina, y ronroneó. Fue un ronroneo tan gordo que temblaron todas las ventanas de la calle, y una calabaza del escalón se dio la vuelta para mirar.
—Qué bien lo ha decorado el ayuntamiento este año —dijo el papá de Leire, y le hizo una foto.

La plaza, con chocolate
En la plaza, la fuente echaba chocolate caliente. Chorros marrones y gordos que olían a merienda de domingo. Los niños hacían cola con sus cubos de calabaza, y la señora de las castañas mojaba una castaña en cada vaso, por si acaso.
—¿Ves? Se entiende —dijo Leire, muy orgullosa.
Yo también estaba orgullosísimo. Era la primera vez que un barrio entero me hacía caso.
Entonces se oyó algo detrás del puesto de castañas:
—Bu.
Era un bu pequeñito. Un bu de nada. Un bu de ratón con hipo. Detrás de la estufa había un fantasma bajito, con zapatillas rojas y dos agujeros para los ojos, uno más grande que el otro.
—Bu —repitió, muy triste—. No me sale. Quiero hacer «buuuh» y se me queda en «bu». Todos me llaman Fantama y yo no sé lo que es un fantama.
Leire me miró a mí. Yo la miré a ella con la rosa de los vientos, que es por donde miro.
—Le falta la ese —dije.
Ya os había avisado: los mapas casi nunca hablamos. Esto era un casi.

La raja de noche
Leire rebuscó en el bolsillo y sacó la cera negra, la de repintarse la verruga. Me puso sobre un banco y apretó.
Pero la ese no salía. Yo había pasado toda la tarde doblado en cuatro y la cera daba un salto en cada doblez, ¡tac!, y se torcía. Leire apretó más fuerte, justo encima del doblez. ¡TAC! Y a lo lejos se oyó un ruido de tela que se rasga.
—Anda, ¿y eso? —dijo el papá de Leire.
Fuimos corriendo a mirar. En la calle del Almendro, justo por donde a mí me pasaba el doblez, el suelo se había abierto en una raja larga y estrecha, y por ella se salía la noche: noche de verdad, azul oscuro, con estrellas pequeñitas que nadaban dentro como peces. Y al otro lado, a dos portales, el número 7.
—Bueno, tampoco es tan ancha —dijo el papá, y siguió grabando a Pimentón para el grupo de la familia.
Para una niña de seis años, con cubo y con sombrero, era bastantísimo de ancha.
Pimentón bajó la cabeza desde el tejado para olerla. Se le pegó una estrella en el bigote. Estornudó. Se cayeron todas las hojas de un árbol y al papá de Leire se le desenrolló media momia.

Lo que no puede resistir un gato
Leire se quedó un rato mirándome.
—Si el barrio hace lo que haces tú —dijo despacio—, a ti hay que alisarte.
—¿Alisarme cómo? —pregunté. (Otro casi.)
Leire no contestó. Volvió corriendo a la plaza, que es donde hay sitio para un gato así, me dejó en el suelo, justo en el centro, y se apartó a esperar.
Y es que hay una cosa que ningún gato del mundo puede resistir: un papel en el suelo.
Pimentón bajó de los tejados con mucho cuidado, para no pisar a nadie. Dio tres vueltas a mi alrededor. Me olió una esquina. Y se tumbó encima.
Que te aplaste un gato del tamaño de un edificio es como dormir debajo de una nube calentita que ronronea. No duele. Plancha. Noté cómo se me iba el doblez, poquito a poco, y oí a lo lejos un ruido larguísimo de cremallera: la raja de la calle del Almendro se estaba cerrando, con todas sus estrellas dentro.

Buuuuuuuh
Cuando Pimentón se levantó, yo estaba más liso que una sábana recién planchada. Leire se arrodilló, sacó la lengua y escribió con la cera negra, despacito, la ese que faltaba.
FANTASMA.
El fantasma se miró las zapatillas. Cogió aire. Mucho aire. Tanto aire que se infló como una vela de barco.
—¡BUUUUUUUUUUUUUH!
Fue el buuuh más grande que se ha oído en el barrio. Saltaron todos los cucuruchos de castañas. Pimentón se escondió detrás de la fuente, y como no cabía, solo escondió la nariz. Y el papá de Leire dio un brinco tan alto que se le terminó de desenrollar la momia y se quedó en chándal.
Hubo un segundo de silencio. Y después la plaza entera se echó a reír, el fantasma el que más, que se reía por los dos agujeros.

Las doce
A medianoche se acaba Halloween, y el barrio se quitó el disfraz igual que os lo quitáis vosotros: a tirones y bostezando. Los adoquines volvieron a ser grises. La fuente volvió a echar agua, con alguna gota marrón despistada. Y Pimentón fue encogiendo, encogiendo, hasta caber otra vez en el felpudo de la portería, donde se quedó dormido.
El fantasma no se quitó nada, porque él no era un disfraz. Él era de mi esquina. Así que se subió a mí con sus zapatillas rojas y se metió en su sitio, debajo de su nombre bien escrito, igual que quien se mete en la cama.
Ahora vivo en la pared del cuarto de Leire, sujeto con cuatro chinchetas, sin un solo doblez. Algunas noches, cuando ella ya tiene la luz apagada, desde mi esquina se oye un buuuh perfecto y bajito. Y Leire se ríe un poco debajo del edredón y se duerme.

Leyenda: el punto gordo es la casa de Leire; lo marrón, una fuente de agua (casi siempre); lo naranja, un gato; y abajo a la derecha, un fantasma bien escrito.


