Cuentos para leer

Pau y la canción de la naranja

Pau ha esperado meses a su hermanita Mar, pero cuando llega a la alquería, parece que nadie lo mira a él. Hasta que una noche, Mar no para de llorar…

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Ilustración de «Pau y la canción de la naranja»

Pau espera a su hermanita

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En medio de la huerta, donde los naranjos crecen en filas tan ordenadas como los botones de una camisa, hay una alquería blanca con las ventanas azules. Allí vive Pau, que tiene cinco años, el pelo rizado como un ovillo y un silbato de madera que lleva siempre colgado del peto.

Aquella mañana, Pau no silbaba. Esperaba.

—¿Ya vienen? —le preguntó al yayo Vicent por décima vez.

—Todavía no, Pau. Los bebés no tienen prisa —respondió el yayo, que estaba llenando un cesto de naranjas.

Pau llevaba meses esperando a su hermanita. Le había hablado a la tripa de mamá, le había guardado su peluche más viejo y había ensayado cómo hacerle pedorretas en la barriga. Tenía un montón de planes: enseñarle a silbar, a buscar caracoles en la acequia y a pelar naranjas de una sola vez, sin que se rompiera la piel.

Por fin, el coche apareció por el camino de tierra. Mamá bajó despacito, con un bultito envuelto en una mantita color crema.

—Pau —dijo papá, agachándose a su lado—, te presento a Mar.

Pau se asomó. Mar era pequeñísima, arrugada y rosa, con una pelusilla negra en la coronilla. Bostezó como un gatito y volvió a dormirse.

—Hola, Mar —susurró Pau—. Soy tu hermano mayor.

Todos miran la cuna

Ilustración de «Pau y la canción de la naranja»

Los días siguientes, la alquería se llenó de gente. Vinieron las tías, los vecinos y hasta la señora del horno, con una coca de llanda calentita. Todos entraban en la cocina, se acercaban al moisés y decían lo mismo:

—¡Ay, qué cosa más bonita! ¡Qué manitas!

Y luego, a Pau:

—¿Y tú qué, ya eres mayor, eh?

Pau sacó su silbato para enseñarles lo bien que silbaba.

—¡Chisss! —dijeron todos a la vez—. ¡Que se despierta la nena!

Pau guardó el silbato. Pensó que ya lo enseñaría más tarde. Pero más tarde mamá estaba dándole el pecho a Mar. Y después papá estaba cambiándole el pañal. Y después los dos estaban tan cansados que se quedaron dormidos en el sofá con la boca abierta.

Aquella noche, nadie le contó un cuento a Pau. Mamá le dio un beso rápido, de los que casi no se notan, porque Mar estaba llorando en la otra habitación.

—Mañana te cuento dos, cariño, te lo prometo.

Pau se quedó mirando el techo. Notaba algo raro dentro, como una piedrecita en el zapato, pero en el pecho.

—Antes era yo el pequeño de la casa —le dijo a su osito—. Ahora ya no soy nada.

El naranjo de tres sabores

Ilustración de «Pau y la canción de la naranja»

A la mañana siguiente, Pau salió a la huerta con los morros torcidos. Se sentó en una raíz del naranjo más viejo, el que tiene el tronco retorcido como un churro, y empezó a tirar piedrecitas a la acequia. Plof. Plof. Plof.

El yayo Vicent se sentó a su lado sin decir nada. Así era el yayo: sabía cuándo había que esperar.

—Yayo —dijo Pau al fin—, ¿verdad que ahora mamá y papá quieren más a Mar?

El yayo se rascó el bigote blanco.

—Mira este naranjo, Pau. ¿Sabes cuántos años tiene?

—¿Cien?

—Casi. Lo plantó mi abuelo. Y mira esto.

El yayo le señaló una rama. Estaba llena de naranjas, sí, pero un poco más arriba había otra rama con mandarinas pequeñitas. Y más allá, otra con limones amarillos.

—¡Un árbol con tres frutas! —exclamó Pau—. ¿Cómo puede ser?

—Hace muchos años, le injerté una rama de mandarino. Y luego otra de limonero. Yo pensaba que, al tener que dar de comer a ramas nuevas, el naranjo daría menos naranjas. ¿Y sabes qué pasó?

Pau negó con la cabeza.

—Que echó las raíces más hondas y más fuertes. Y ahora da más fruta que nunca. Las naranjas no se quedaron sin nada: el árbol entero se hizo más grande.

Pau miró el árbol un buen rato. Luego miró hacia la alquería.

—¿Mar es como la rama del limonero?

—Más o menos —se rio el yayo—. Aunque espero que sea menos ácida.

Pau se rio también, por primera vez en varios días.

—Te voy a enseñar una cosa —dijo el yayo—. Cuando tu madre era un bebé y no había forma de dormirla, yo le cantaba una canción que me cantaba a mí mi abuela, debajo de este mismo árbol. ¿Quieres aprenderla?

Ilustración de «Pau y la canción de la naranja»

Y el yayo cantó bajito, con su voz rasposa:

Naranjita de la huerta,
redondita como el sol,
cierra los ojos, que la luna
ya te guarda el corazón.

Pau la cantó con él una vez, y otra, y otra más, hasta que se la supo de memoria.

La noche en que Mar no se dormía

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Esa noche, Mar empezó a llorar. Al principio era un llanto pequeñito, como el maullido de un gato. Luego se hizo más grande. Y luego más.

Mamá la acunó en la mecedora. Nada.

Papá la paseó por el pasillo. Nada.

Le cambiaron el pañal, le dieron de comer, le pusieron el móvil de naranjas de fieltro a dar vueltas. Nada de nada.

—Ya no sé qué hacer —suspiró mamá, con la voz cansada.

Pau, en su cama, oía el llanto a través de la pared. Se tapó la cabeza con la almohada. Pero luego pensó en el naranjo, en las raíces hondas y en la canción.

Se levantó, con su pijama de lunas, y fue de puntillas hasta el cuarto de la cuna.

—Mamá —dijo bajito—, ¿puedo probar yo?

Mamá y papá se miraron. Estaban tan cansados que no supieron decir que no.

Ilustración de «Pau y la canción de la naranja»

Pau se acercó a la mecedora, donde mamá tenía a Mar en brazos. Su hermanita tenía la cara roja como un tomate y los puños apretados. Pau respiró hondo y cantó, muy flojito, igual que el yayo:

Naranjita de la huerta,
redondita como el sol,
cierra los ojos, que la luna
ya te guarda el corazón.

Mar hipó una vez. Luego otra. Y luego se quedó callada, mirándolo con sus ojos oscuros muy abiertos.

Pau cantó otra vez. Mar sacó una manita diminuta de la mantita y le agarró el dedo. Fuerte, muy fuerte, como si no quisiera soltarlo nunca.

A la tercera vez, Mar se durmió.

En el cuarto no se oía nada más que el tic-tac del reloj del pasillo. Papá se quitó las gafas y se secó un ojo.

—Pau —susurró mamá—, ¿dónde has aprendido eso?

—Me la ha enseñado el yayo. Es la canción que te cantaba a ti.

Mamá lo abrazó con el brazo que le quedaba libre. Fue un abrazo largo, de los que sí se notan.

—Gracias, hermano mayor —le dijo al oído.

Un árbol más grande

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Al día siguiente, mamá cumplió su promesa y le contó a Pau dos cuentos. Y al otro, papá lo llevó a buscar caracoles a la acequia mientras Mar dormía en su moisés, a la sombra.

Pau descubrió que tener una hermanita era mucho trabajo. Pero también descubrió algo más: que cada vez que Mar lloraba y él le cantaba, ella se calmaba. Que cuando él hablaba, ella giraba la cabeza para buscarlo. Y que, aunque los vecinos seguían diciendo «¡qué manitas!», Mar solo le agarraba el dedo a él de aquella manera.

Una tarde, toda la familia merendó sobre una manta debajo del naranjo viejo. Pau peló una naranja de una sola vez, sin romper la piel, y se la enseñó a Mar.

—Cuando seas mayor, te enseño a hacerlo —le prometió—. Y a silbar. Y a buscar caracoles.

Mar hizo un ruidito que sonó casi, casi, como una risa.

El yayo le guiñó un ojo a Pau y señaló las ramas del árbol: las naranjas, las mandarinas, los limones. Pau entendió lo que quería decir. En su casa no había menos cariño que antes. Había mucho más, porque ahora había alguien más para dar y recibir.

Y aquella noche, cuando la luna salió redonda sobre la huerta, fue Pau quien cantó a su hermanita la canción de la naranja. Y esta vez, se durmieron los dos.


El cariño de una familia no se reparte en trozos: cuando llega alguien nuevo, crece para todos.


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