Las prisas de Martín#

Martín no sabía esperar.
No sabía esperar a que se enfriara la leche, ni a que terminara su canción favorita, ni a que el semáforo se pusiera en verde. Cuando quería algo, lo quería enseguida.
Aquella mañana miraba el microondas como si pudiera hacerlo correr más deprisa.
—Venga, venga, venga… —murmuraba.
Yaya Carmen, que preparaba una tostada, sonrió.
—Martín, por mucho que lo mires, no va a ir más rápido.
—Es que todo tarda muchísimo.
La abuela se quedó pensando un momento y luego dijo:
—Pues hoy vamos a hacer algo que tarda todavía más: plantar tomates en el balcón.
A Martín le encantó la idea.
—¡Bien! ¿Y mañana tendremos tomates?
Yaya Carmen soltó una risita.
—Mañana no.
—¿Pasado mañana?
—Tampoco. Harán falta tiempo, cuidado y paciencia.
Martín no entendió muy bien aquella última palabra, pero después de desayunar bajaron a comprar lo necesario.

En la ferretería de Don Esteban había macetas, herramientas y sobres de semillas de colores.
—¡Vamos a plantar tomates! —dijo Martín—. ¿Tiene semillas que crezcan muy rápido?
Don Esteban se ajustó las gafas y fingió pensarlo mucho.
—Semillas muy rápidas no me quedan. Pero sí tengo semillas buenas.
Les enseñó un sobre, dos macetas, abono y una regadera pequeña de latón que a Martín le encantó.
—¿Y cuánto tardan? —preguntó él.
—Varias semanas.
Martín abrió mucho los ojos.
—¿¡Varias!?
—Así son los tomates —dijo Don Esteban—. Primero duermen en la tierra, luego despiertan, luego crecen y, al final, dan fruto.
Martín no quedó muy convencido, pero abrazó las cosas como si fueran un tesoro.
Semillas bajo la tierra#

En el balcón, Yaya Carmen le puso a Martín un delantal verde demasiado grande.
—Pareces un jardinero importante.
—Lo soy —respondió él muy serio.
Llenaron las macetas con tierra oscura y suave. Martín metió las manos y se rió.
—¡Parece bizcocho desmigado!
—Pero no se come —advirtió la abuela.
Hicieron unos agujeritos y Martín dejó caer las semillas con mucho cuidado.
—Ya está. ¿Y ahora?
—Taparlas con cariño.
—¿Y luego?
—Regarlas un poquito.
—¿Y luego?
—Esperar.
Martín torció la boca.
—Esa parte no me gusta.
—Pues también forma parte del huerto.
Aquella noche salió al balcón en pijama y susurró:
—Buenas noches, tomates. Salid mañana, por favor.
La espera difícil#

Pero al día siguiente no salió nada.
Ni al otro.
Ni al otro.
Pasaron varios días, y en las macetas solo había tierra.
Martín se sentó con los brazos cruzados.
—Yo creo que estas semillas están averiadas.
Yaya Carmen, que cuidaba un geranio, sonrió.
—No están averiadas. Están trabajando.
—Pues no se nota.
—Muchas cosas importantes no se notan al principio.
Martín suspiró.
—Yo quería tomates ya.
—Y yo quería tener veinte años menos —respondió la abuela—, pero las cosas son como son.
Eso le hizo reír un poco.
Al día siguiente, Yaya Carmen le dio la regadera.
—Ven. Hoy me ayudas tú.
—Pero si no hay nada.
—Claro que hay algo: tierra, semillas y una promesa.
Martín no entendió del todo, pero cogió la regadera.

—Despacio —dijo Yaya Carmen—. No hace falta mucha agua. Solo la necesaria.
Martín inclinó la regadera.
—¿Así?
—Así. Muy bien.
—¿Y mañana saldrá?
—No lo sé.
—Entonces, ¿cómo sabemos que va bien?
La abuela señaló las macetas.
—Porque hoy hemos hecho lo que tocaba hoy.
Aquella frase se le quedó a Martín dando vueltas en la cabeza.
Desde entonces, cada mañana salía un momento al balcón. Un día regaba. Otro apartaba una piedrecita. Otro miraba si la tierra estaba bien. A veces se agachaba y susurraba:
—Vamos, pequeñines. Sin prisa… bueno, un poco de prisa sí.
Y una mañana ocurrió.
El brote diminuto#

Martín salió al balcón con el pelo despeinado y se quedó quieto.
En medio de la tierra había un brote finísimo y verde.
—¡Yaya! ¡Yaya Carmen! ¡Ven corriendo!
La abuela apareció enseguida.
—¿Qué pasa?
Martín señaló la maceta, emocionado.
—¡Ha salido!
Yaya Carmen se inclinó y sonrió.
—Bueno, bueno… mirad quién ha despertado.
Martín daba saltitos.
—¡Está vivo! ¡Funciona! ¡Las semillas no estaban averiadas!
—Ya te lo dije.
Miró el brote como si fuera un tesoro.
—¿Le ponemos nombre?
—Si quieres.
Martín lo pensó un momento.
—Tomás.
—Muy apropiado para un tomate —dijo la yaya.
Desde aquel día, esperar fue un poco más fácil. Seguía siendo largo, pero ahora Martín entendía que, aunque no se viera, las cosas podían estar avanzando.
Semana a semana#

Las semanas fueron pasando.
El brote se hizo tallo. El tallo sacó hojas. Martín miraba la planta todos los días y aprendió a notar los cambios pequeños.
—Yaya, esta hoja ayer era más chica.
—Eso es crecer.
Un día vieron que la planta se inclinaba y buscaron un palito para sujetarla. Martín la ató con un cordel con muchísimo cuidado.
—No quiero hacerle daño.
—Cuando cuidamos algo con cariño, las manos aprenden a ser suaves —dijo Yaya Carmen.
Otro día encontraron un bichito en una hoja.
—¡Un ladrón de tomates!
La abuela lo retiró con cuidado.
Otra tarde sopló viento fuerte, y Martín protegió la planta como pudo.
—Tranquilo, Tomás. Yo te cuido.
A veces se cansaba. A veces preguntaba cuánto faltaba. Pero entonces se acordaba:
Hoy hacemos lo que toca hoy.
Y eso hacían. Regar cuando tocaba. Mirar las hojas. Esperar.
Hasta que una tarde apareció algo nuevo entre el verde.
Una bolita pequeña.
Y, con los días, cada vez más roja.

—Yaya… creo que ya está.
La abuela se acercó y sonrió.
—Sí. Ya está.
Martín lo miró maravillado. No era grande ni perfecto, pero le parecía precioso.
—¿Puedo cogerlo?
—Claro. Es tuyo también.
Lo sujetó con cuidado y se quedó en silencio al verlo en sus manos.
—Pesa poco —dijo.
—Pero vale mucho —respondió Yaya Carmen.
El sabor del cuidado#

Aquella tarde invitaron a Don Esteban a subir.
—Vengo a inspeccionar la cosecha —anunció él muy serio.
Yaya Carmen cortó el tomate en rodajas, lo puso sobre tostadas de pan crujiente y añadió aceite y una pizca de sal.
Martín dio un mordisco y se quedó muy quieto.
Aquel tomate sabía a sol, a balcón y a todos los días en que había cuidado una maceta sin ver resultados.
—¿Está bueno? —preguntó Don Esteban.
Martín sonrió despacio.
—Es el tomate más rico del mundo.
Martín miró la planta y entendió algo importante: si el tomate hubiera salido al día siguiente, no habría sido lo mismo. No habría tenido dentro todos aquellos días de cuidado, de espera y de ilusión.
Apoyó la cabeza en el brazo de su abuela.
—Yaya…
—¿Sí, tesoro?
—Creo que ya sé esperar un poco mejor.
La abuela le besó el pelo.
—Un poco mejor es muchísimo.
Desde el balcón, Martín vio la planta moverse suavemente con el aire de la tarde. Y esta vez no dijo “venga, venga, venga”.
Solo sonrió, pensando que mañana volvería a hacer lo que tocaba mañana.
Porque algunas de las cosas más buenas del mundo necesitan justo eso:
un poquito de tiempo,
dos manos cuidadosas
y un corazón que no se rinda.
Las cosas más valiosas crecen despacio: con paciencia, con constancia y con el cuidado de cada día.
Las cosas más valiosas de la vida no se consiguen deprisa: necesitan tiempo, cuidado de cada día y un poquito de paciencia.
