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📖 Nora y el Secreto de las Manos de Jabón

·1523 palabras·

Las manos que querían ir deprisa
#

1

La cocina olía a melocotón maduro y a pan tostado. Por la ventana entraba una brisa tibia que traía el sonido lejano de las gaviotas.

Nora se puso de puntillas sobre el taburete y estiró los dedos hacia el plato de fruta.

—¡Ya casi llego! —dijo, con la lengua asomando por la comisura de la boca.

—Nora, cariño —la voz de la abuela Elvira sonó tranquila, como siempre—. ¿Qué hay que hacer antes de tocar la comida?

Nora resopló tan fuerte que el flequillo se le levantó de la frente.

—Abuela, ¡pero si mis manos están limpias! ¡Míralas!

Abrió las palmas y las giró delante de la cara de la abuela, como quien enseña un cuaderno de deberes terminado.

—Las veo, las veo —dijo la abuela, ajustándose las gafas redondas—. Pero que no se vea la suciedad no significa que no esté ahí.

2

Lo que Nora no recordaba era que, apenas media hora antes, había metido los dedos en la tierra de la maceta de albahaca para buscar una mariquita. Y que luego había tocado la barandilla, el pomo de la puerta, el mando de la tele…

Pero todo aquello le parecía poca cosa. ¿Un poco de tierra? ¿Qué podía pasar?

—Pues pasa —respondió la abuela, como si le leyera el pensamiento— que esas manos pequeñas tocan muchas cosas a lo largo del día. Y todo lo que tocan, luego se lo traen consigo.

—¡Pero es que quiero merendar ya y bajar a la plaza! ¡Tomás me está esperando!

Desde el salón llegó la voz de su hermano mayor:

—¡Yo ya me he lavado las manos, bichillo! ¡Espabila!


El rastro que no se ve
#

3

La abuela se quedó mirando a Nora con esa sonrisa que significaba que estaba a punto de tener una idea.

—¿Sabes qué? Vamos a hacer un juego.

La abuela sacó un cuenco con harina y otro con mermelada de fresa. Los puso sobre la encimera.

—Mete los dedos ahí. Un poquito de cada cosa.

Nora obedeció. No todos los días la abuela le mandaba meter las manos en la comida. Tocó la harina suave y hundió el pulgar en la mermelada, fresquita y pegajosa.

—Ahora —dijo la abuela— vete por la casa. Abre puertas, coge juguetes y toca lo que quieras. Luego vuelve aquí.

Nora se bajó del taburete de un salto y salió de la cocina con los dedos brillantes de mermelada y blancos de harina.

4

Lo primero que hizo fue abrir la puerta del salón. La huella de sus dedos quedó dibujada en el pomo: un puntito rojo y una nube blanca.

Después cogió el mando de la tele. Líneas de harina sobre los botones negros.

Luego acarició a su peluche preferido, un conejo llamado Bigotes. Una mancha rosada le apareció en la oreja izquierda.

Tocó la silla, la cortina, el libro de su hermano, la caja de los lápices.

Cuando volvió a la cocina, la abuela y Tomás la esperaban. Tomás tenía los ojos abiertos como platos.

—¡Nora! ¡Has dejado huellas por todas partes!

5

Nora se miró las manos. Ya casi no quedaba harina ni mermelada. ¿Dónde había ido todo?

—Ha ido —dijo la abuela— a cada cosa que has tocado. Y si ahora cogieras una fresa de ese plato, todo eso iría también a la fresa. Y de la fresa…

—… a mi barriga —terminó Nora, muy bajito.

La abuela asintió.

—Pero eso era harina y mermelada, cosas que se ven. Cuando juegas en el parque, cuando tocas el suelo o acaricias a un perro, tus manos recogen cosas tan pequeñas que no se ven. Bichitos diminutos, polvo, restos de lo que sea. Son invisibles, pero están ahí.

Nora se quedó callada, mirándose las palmas. Luego miró el rastro de huellas que salía hacia el pasillo.

—Entonces —dijo, pensativa—, cada vez que toco la comida sin lavarme las manos… ¿es como si le pusiera harina invisible y mermelada invisible?

—Exacto, bichilla —dijo Tomás, contento de haber entendido algo antes que su hermana.

—Y no solo a tu comida —añadió la abuela—. Si dejas esas cositas invisibles en el pan, y luego yo cojo ese pan…

—… te llegan a ti también —dijo Nora, y abrió mucho los ojos.

—Cuidar la limpieza de tus manos —dijo la abuela Elvira, acariciándole la mejilla— no es solo cuidarte a ti. Es cuidar a todos los que viven contigo.


El reloj de espuma
#

6

Fueron los tres al cuarto de baño. El lavabo era pequeño y bajo, perfecto para Nora.

—Ahora te voy a enseñar un truco —dijo la abuela—. ¿Sabes cuánto tiempo hay que frotar las manos con jabón para que queden bien limpias?

—¿Mucho? —preguntó Nora con cara de susto.

—Lo que tarda una canción cortita. ¿Conoces la del caracol?

La abuela abrió el grifo, mojó las manos de Nora y puso una gota de jabón en su palma.

—Primero, frota una palma contra la otra, haciendo círculos.

La espuma empezó a crecer, blanca y suave.

—Ahora entre los dedos, uno por uno, como si les hicieras cosquillas.

Nora se rio bajito. La espuma le hacía burbujitas entre los dedos.

—Y ahora las uñas. Rasca la palma de una mano con las uñas de la otra.

—¡Como si fuera un gatito! —dijo Nora.

—Exacto. Y mientras haces todo eso, canta conmigo.

7

Y las dos cantaron juntas, mientras Nora frotaba:

Caracol, col, col,
saca los cuernos al sol,
que tu padre y tu madre
también los sacó.
Por aquí, por allá,
las manitas limpias ya.

—¡Listo! Ahora aclara.

Nora puso las manos bajo el chorro y vio cómo la espuma se iba por el desagüe, llevándose toda la harina, toda la mermelada y todas las cosas invisibles.

Se secó con la toalla azul de estrellas y levantó las manos en el aire, orgullosa.

—¡Mirad! ¡Limpísimas!

—Yo me sé otra canción más larga —dijo Tomás—. ¿Cuenta también?

—Cuenta cualquier canción —dijo la abuela—. Lo importante es no tener prisa. La espuma necesita su tiempo para trabajar.


La merienda y la plaza
#

8

La merienda estuvo riquísima. Pan con tomate y un chorrito de aceite, fresas del mercado y agua fresca. Nora cogió cada cosa con sus manos limpias y le pareció que todo sabía mejor que nunca.

—Abuela —dijo, con un trozo de fresa en la mano—, ¿los bichitos invisibles de las manos son muy malos?

—No todos. En nuestras manos viven muchos bichitos que no hacen nada malo. Pero cuando tocamos ciertas cosas, se pueden colar otros que sí nos ponen malitos. Por eso nos lavamos: para quitar a los que no nos convienen.

—Es como cerrar la puerta para que no entren los mosquitos —dijo Tomás.

—Algo así, sí —sonrió la abuela.

Nora se terminó la última fresa, recogió su plato y lo dejó en la pila.

—¿Puedo ir a la plaza?

—¿Y cuando vuelvas, qué harás?

Nora se detuvo en la puerta, se dio la vuelta y sonrió.

—Lavarme las manos. Cantando la del caracol.

La abuela le guiñó un ojo.

9

En la plaza, Nora y Tomás jugaron a pillar con los niños del barrio. Corrieron entre los bancos, saltaron por los bordillos y se sentaron junto a la fuente a descansar.

—Tomás —dijo Nora—, ¿tú te lavas bien las manos o solo te las pasas un segundo por el agua?

Tomás se lo pensó.

—Bueno… A veces voy un poco rápido —admitió.

—Tienes que cantar una canción mientras lo haces. Así sabes que has frotado bastante. Palmas, dedos, uñas.

Y le enseñó los movimientos allí mismo, en el aire, mientras los dos se reían.

—Y entre los dedos, como cosquillas de gatito —añadió Nora, muy seria.

—Vale, profesora —dijo Tomás—. Pero yo cantaré la del pirata, que me gusta más.

—Me parece bien. Lo importante es no tener prisa.

Sonó como si lo hubiera dicho la abuela. Y, en cierta forma, así era.

10

Cuando volvieron a casa, lo primero que hizo Nora fue ir al cuarto de baño. Abrió el grifo, puso jabón y frotó despacio, cantando bajito:

Caracol, col, col, saca los cuernos al sol…

Se miró las manos limpias bajo el agua y sonrió. No era difícil. No tardaba tanto. Y cada vez que lo hacía, sentía algo parecido a cuando terminaba de ordenar su cuarto: una sensación pequeña y redonda de haberlo hecho bien.

Esa noche, antes de cenar, fue la abuela quien se acercó al lavabo. Nora la miró desde la puerta.

—Abuela, ¿tú también cantas?

—Yo cuento hasta veinte. Pero cantar es más divertido, ¿verdad?

Nora asintió. Y desde aquel día, en aquella casa del barrio costero, siempre se oía una cancioncilla antes de cada comida. A veces la del caracol, a veces la del pirata, y a veces una que Nora se inventó ella sola:

Agua, jabón, espumita,
una mano y la otra manita,
entre los dedos sin parar,
que los bichitos se van a marchar.

Y los bichitos, obedientes, se marchaban por el desagüe.


Cuidar la limpieza de nuestras manos es un gesto pequeño que protege a quienes más queremos.


Cuidar la limpieza de nuestro cuerpo es una forma sencilla y importante de ser responsables y proteger a los demas.


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