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Una Vida de Trabajo y Sacrificio#
Érase una vez, en un pintoresco pueblo rodeado de campos florecientes, una muchacha llamada Cenicienta que vivía con su madrastra y sus dos hermanastras en una casa que, aunque hermosa por fuera, escondía mucha tristeza entre sus paredes.

La pobre Cenicienta tenía que trabajar de sol a sol para que las demás pudieran descansar a pierna suelta. Cada mañana, se despertaba antes del amanecer, cuando todavía estaba oscuro y hacía un frío que pelaba. Con las manos entumecidas por la escarcha matutina, salía al jardín a cuidar de las plantas y flores que tanto amaba. El rocío cubría las hojas como pequeños diamantes, y su aliento formaba nubecillas blancas en el aire frío de la mañana.
Cocinaba deliciosos guisos que nunca probaba, limpiaba cada rincón de la casa hasta que brillaba, y se ocupaba del jardín con esmero y dedicación. Las rosas florecían bajo su cuidado, las hortalizas crecían robustas, y cada planta parecía responder a su toque gentil. Con tanta tierra y tanto barro, la pobre muchacha acababa siempre cubierta de polvo y suciedad.

“¡Menudas pintas llevas!”, se burlaban sus dos hermanastras, señalándola con dedos acusadores mientras ellas lucían vestidos inmaculados y peinados elaborados.
Y por eso la llamaban “Cenicienta”, la que siempre andaba entre cenizas y tierra del jardín. Pero aunque su ropa estuviera manchada, su corazón permanecía puro y lleno de esperanza.
La Gran Noticia del Reino#

Un día soleado de primavera, corrió una gran noticia por todo el pueblo como reguero de pólvora. Los mensajeros del Rey cabalgaban por las calles anunciando con trompetas doradas: ¡El Rey y la Reina iban a celebrar una Fiesta Primaveral por todo lo alto!

Los jardines reales estaban en plena floración, cubiertos de tulipanes multicolores, margaritas danzantes y rosas perfumadas. Era el momento perfecto para una gran celebración. Había llegado la hora de que el Príncipe encontrara esposa, y para ello, todas las jóvenes del reino estaban cordialmente invitadas.

En el palacio, el joven Príncipe contemplaba pensativo los preparativos. ¿Encontraría a alguien especial? ¿Alguien con quien pudiera compartir no solo su corona, sino también sus sueños?
Las jóvenes del pueblo estaban como locas de contentas al recibir la invitación. Se pondrían sus vestidos de gala más elegantes y se harían peinados la mar de sofisticados. ¡A lo mejor alguna conquistaba al príncipe y se convertía en princesa!
Más Trabajo para Cenicienta#

En casa de Cenicienta, el trabajo se le multiplicó como por arte de magia… pero de la mala. Tenía que coser dos vestidos nuevecitos y relucientes para sus hermanastras, tomando medidas, eligiendo telas, bordando detalles con hilo dorado.
“¡Date brío!”, gritó una hermanastra, dando una palmada impaciente. “¡El baile es en tres días y mi vestido ni siquiera está medio terminado!”

“¡Vaya birria de costura!”, chilló la otra, examinando cada puntada con ojo crítico. “¡Deshaz esto y hazlo otra vez! ¡Tiene que ser perfecto!”
“Ay, madre…”, suspiró Cenicienta para sus adentros, pinchándose el dedo con la aguja. “¿Cuándo voy a poder…?”

La madrastra entró en el jardín hecha una furia, con el rostro enrojecido y los ojos como ascuas. “¿Cuándo vas a poder QUÉ?”, exigió saber, cruzándose de brazos.
“Pues…”, dijo la muchacha tímidamente, bajando la vista, “¿cuándo voy a sacar tiempo para hacerme un vestido para el baile? La invitación dice que están invitadas TODAS las jóvenes del reino…”
“¿TÚ?”, gritó la madrastra con una carcajada cruel. “¿Pero quién ha dicho que TÚ vayas a ir al baile? ¡Ni en sueños! ¡Mírate! ¡Pareces una mendiga!”
“¡Qué risa me da!”, dijo una hermanastra, doblándose de la risa.
“¡Menuda facha!”. Señalaron a Cenicienta con dedos burlescos. Todas se echaron a reír a carcajadas que resonaban en las paredes.

Cenicienta miró su vestido, manchado de barro y tierra del jardín, con flores marchitas pegadas al dobladillo. Pero pensó para sus adentros con determinación: “Aunque ellas solo vean lo sucia que voy, yo sé que valgo mucho. Y si pudiera, ¡claro que IRÍA al baile! Tengo tanto derecho como ellas”.

Se imaginó a sí misma con flores frescas en el cabello, bailando bajo las luces del palacio, libre y feliz aunque solo fuera por una noche.
La Partida al Baile#
Pronto llegó el momento de que la madrastra y las hermanastras se marcharan a la gran fiesta. Se pasaron horas arreglándose, gritando órdenes a Cenicienta para que les ajustara los corsés, les peinara el cabello y les abrochara cien botoncitos diminutos.

Su elegante coche de caballos llegó hasta la misma puerta, con sus ruedas doradas brillando al sol de la tarde. La madrastra y las hermanastras subieron de un brinco, acomodando sus voluminosos vestidos. Y se fueron, sin más, levantando una nube de polvo.
“¡Adiós!”, gritó Cenicienta desde el umbral de la puerta, forzando una sonrisa. “¡Pasadlo bien! ¡Bailad mucho!”
Pero ni la madrastra ni sus hermanastras se dignaron a mirarla siquiera. El carruaje desapareció por el camino del pueblo sin una sola despedida.

“¡Ay de mí!”, se lamentó Cenicienta con tristeza, viendo cómo el carruaje se alejaba calle abajo hasta convertirse en un puntito diminuto. Las primeras estrellas comenzaban a aparecer en el cielo violeta del atardecer.
Suspiró en voz alta, con el corazón encogido: “¡Ojalá pudiera ir yo también al baile! ¡Cuánto me gustaría bailar aunque fuera una sola pieza, ver el palacio iluminado, sentirme especial por una noche!”
Un Visitante Mágico#
Entonces… ¡Puf!

De repente, apareció ante ella un gnomo de jardín de carne y hueso, ¡como por arte de magia! Tenía una larga barba blanca que le llegaba hasta la cintura y llevaba un sombrero rojo puntiagudo. Sus mejillas eran redondas y rosadas, y sus ojos brillaban con un destello travieso.
“¿Me llamabas?”, dijo el gnomo con una vocecilla cantarina que sonaba como campanitas.
“¿Yo?”, se extrañó Cenicienta, frotándose los ojos para asegurarse de que no estaba soñando. “Pero… ¿quién eres? ¿De dónde has salido?”
“¡Pues soy tu Gnomo Padrino, naturalmente!”, exclamó él, dando una pirueta en el aire. “¡Sé lo que deseas! ¡Y he venido a hacerlo realidad! He estado escondido entre las estatuas del jardín durante años, esperando este momento.”
“Pero…”, dijo Cenicienta con escepticismo, “mi deseo es imposible. No tengo vestido, no tengo forma de llegar al palacio, y el baile ya debe estar empezando…”
“¡Perdona!”, refunfuñó el Gnomo Padrino, poniendo los brazos en jarras. “¿Acaso no acabo de aparecer de la nada delante de tus narices?”
“Sí, es verdad”, admitió Cenicienta, empezando a sonreír.
“¡Pues entonces deja que YO decida qué es posible y qué no!”, declaró el gnomo con orgullo.
“Bueno, supongo que sabes que yo también quiero ir al baile…”. Se miró la ropa sucia con desánimo. “Pero mírame… estoy hecha un adefesio. No puedo presentarme así ante el Príncipe.”
“La verdad es que vas un poco hecha un desastre, muchacha”, reconoció el Gnomo Padrino, examinándola de arriba abajo. “Pero eso tiene fácil arreglo.”
“Y aunque tuviera algo bonito que ponerme”, continuó la muchacha, “no tengo cómo llegar hasta el palacio. Está a kilómetros de aquí, y ya debe ser casi de noche.”
“¡Bah! ¡Eso no es problema!”, dijo el Gnomo Padrino con alegría, sacudiendo sus manitas rechonchas. Dicho esto, esparció un puñado de polen mágico dorado sobre la cabeza de Cenicienta. El polen brillaba y chisporroteaba como fuegos artificiales diminutos.
Al instante, Cenicienta quedó reluciente. ¡Parecía otra persona! Lucía un precioso vestido verde esmeralda, como tejido con pétalos de flores primaverales. La tela brillaba suavemente y olía a jazmín fresco. Su pelo iba recogido en trenzas elaboradas, adornadas con cintas de satén y flores frescas de todos los colores del arcoíris.
“¡Qué maravilla!”, exclamó Cenicienta, dando una vuelta y viendo cómo el vestido giraba como una campana. “¡Es el vestido más hermoso que he visto jamás!”
“¿Y quién ha dicho que he terminado?”, dijo el Gnomo Padrino con picardía, guiñando un ojo.
Volvió a esparcir polen mágico con un gesto dramático. Al instante, apareció un precioso carromato de madera pintada de colores pasteles, tirado por cuatro conejos la mar de simpáticos, con guirnaldas de flores al cuello. Los conejos parpadeaban con sus grandes ojos y movían las orejas alegremente.

“¿Estoy soñando?”, dijo Cenicienta, mirando a su alrededor boquiabierta, tocando el carromato para asegurarse de que era real.
“¡Es tan real como la vida misma!”, aseguró el Gnomo Padrino, golpeando el carromato con su bastoncito. “Pero solo hay una cosilla que debes saber, y es muy importante.”
“¿Qué cosa?”, preguntó Cenicienta, prestando atención.
“Este encanto solo dura hasta medianoche”, advirtió el gnomo con seriedad. “Esta noche, en cuanto den las doce en punto, todo se desvanecerá como el rocío de la mañana. Todo volverá a ser como antes. El vestido, el carromato, los conejos… todo.”
“¡Entonces tendré que asegurarme de marcharme del baile antes de que den las doce!”, dijo Cenicienta, decidida y valiente. “No será problema. ¡Estaré atenta al reloj!”
“Buena idea”, asintió el Gnomo Padrino, aprobador. Dio un paso atrás y la miró con orgullo. “¡Misión cumplida! Ahora vete y diviértete, querida muchacha. Te lo mereces más que nadie.”
Y dicho esto, el Gnomo Padrino desapareció con otro ¡puf!, dejando solo una nubecilla de polen dorado que se disolvió en el aire.
Cenicienta miró a su alrededor, todavía maravillada. “¿Habrá sido un sueño?”.
Pero no, allí estaba ella, con su vestido de fiesta verde y flores en el pelo. Y allí estaban sus conejos y su carromato mágico esperándola pacientemente.
“¿Subes?”, le llamó el conejo que iba delante, moviendo las orejas. “¡Es hora de ir al baile!”
Se subió al carromato con una sonrisa radiante y ¡hala!, se pusieron en camino hacia el palacio. El camino estaba iluminado por luciérnagas que parecían guiarlos como estrellas terrestres.
En el Palacio Real#

Mientras tanto, en el baile, el Príncipe no sabía qué pensar. Estaba de pie junto a una columna, observando a la multitud, con expresión un poco aburrida y distante.
“¿Por qué tienes esa cara larga, hijo?”, le preguntó la Reina, acercándose con preocupación maternal. “¡Mira cuántas muchachas encantadoras han venido! El salón está lleno.”
“Lo sé, madre”, dijo el Príncipe con un suspiro.
Sin embargo, algo no terminaba de encajar. Había saludado ya a muchas jóvenes, todas ellas hermosas y bien educadas, pero con ninguna sentía esa chispa especial, esa conexión que había imaginado. Después de los saludos de rigor y las reverencias formales, no encontraba nada más que decir. Las conversaciones se sentían vacías y forzadas.

De repente, alguien señaló hacia la entrada del gran salón. “¡Mirad!”, exclamó una dama. “¿Quién es aquella?”
Todas las cabezas se giraron como si fueran una sola. ¿Quién era aquella encantadora doncella que entraba en el salón de baile?

Cenicienta entró con la cabeza bien alta, con la gracia natural de quien ha trabajado duro y conoce su propio valor. Llevaba el vestido verde esmeralda que brillaba como las hojas de primavera bajo el sol, con flores blancas bordadas que parecían crecer del mismo tejido. Su corona de flores frescas desprendía un aroma delicioso. Caminaba como si aquel fuera su lugar de siempre, con confianza y dignidad.
Pero nadie la reconocía. La madrastra y las hermanastras, que estaban junto al buffet, ni siquiera la miraron dos veces, sin sospechar ni por un momento quién era realmente.
“Tiene algo especial”, se dijo el Príncipe para sus adentros, sintiendo que su corazón latía más rápido. “Hay luz en sus ojos… algo diferente. Voy a sacarla a bailar.”
Y se acercó a Cenicienta con una sonrisa sincera, la primera sonrisa genuina de toda la noche.

“Perdone mi atrevimiento”, dijo el Príncipe haciendo una reverencia, “¿nos conocemos? Siento como si la hubiera visto antes.”
“Estoy encantada de conocerle ahora, Alteza”, dijo Cenicienta haciendo una elegante reverencia que había practicado mil veces en secreto.
“Siento como si ya la conociera de antes”, insistió el Príncipe, mirándola a los ojos. “Sus ojos me resultan familiares. Pero, claro, eso es imposible. ¿De qué parte del reino viene?”
“Muchas cosas que parecen imposibles pueden hacerse realidad”, dijo Cenicienta con una sonrisa misteriosa, recordando las palabras del Gnomo Padrino, “si de verdad lo deseas y trabajas por ello.”
El Príncipe sintió un vuelco en el corazón. Había profundidad en esas palabras, sabiduría ganada con experiencia.

Él y Cenicienta bailaron al compás de una hermosa melodía que la orquesta tocaba. Sus pasos se sincronizaban perfectamente, como si hubieran bailado juntos mil veces antes. El salón parecía desvanecerse a su alrededor.
Cuando la canción terminó, volvieron a bailar. Y luego bailaron otra vez, y otra más. Hablaban de jardines y flores, de sueños y esperanzas, de libros y estrellas. Cada conversación fluía naturalmente, sin esfuerzo.
Pronto, las otras doncellas del baile se morían de envidia. “¿Por qué baila todo el rato con ella?”, cuchicheaban detrás de sus abanicos. “¡Qué grosero! ¡Ni siquiera nos ha mirado a nosotras!”
Las hermanastras de Cenicienta observaban con celos, sin reconocer a su hermanastra transformada. “¿Quién se creerá que es?”, murmuraban con resentimiento.
Pero el Príncipe ya solo tenía ojos para Cenicienta. Rieron juntos con complicidad, charlaron de cosas importantes y triviales, y bailaron un poco más. De hecho, bailaron tanto y tan a gusto que Cenicienta se olvidó por completo del reloj y de la advertencia del Gnomo Padrino.
La Huida a Medianoche#
“¡Dong!”, sonó el gran reloj del salón con su campana profunda.
Cenicienta levantó la vista, sobresaltada, como despertando de un sueño maravilloso.
“¡Dong!”, volvió a sonar, resonando en las paredes del palacio.
Volvió a mirar el reloj con horror creciente. “¡Caray!”, exclamó, sintiendo que el pánico se apoderaba de ella. “¡Es casi medianoche! ¡Tengo que irme!”
“¡Dong!”, repicó la campana una tercera vez.
“¿Y eso qué importa?”, dijo el Príncipe, confundido, sin querer soltarle la mano. “La noche es joven todavía. Quédese un poco más.”
“¡Dong!”, cantó el reloj, acercándose inexorablemente a la medianoche.
“¡Tengo que irme! ¡Ahora mismo!”, dijo Cenicienta, poniéndose nerviosa, sintiendo que su corazón latía desbocado. “Lo siento mucho, ha sido maravilloso, pero debo marcharme.”
“¡Dong!”, sonó la campana, cada campanada como un martillo.
“¡Pero si acabamos de conocernos!”, protestó el Príncipe, dando un paso hacia ella. “¿Por qué tanta prisa? Al menos dígame su nombre…”
“¡Dong!”, repicó el reloj, implacable.

“¡De verdad que tengo que IRME!”, dijo Cenicienta, soltándose con suavidad pero con firmeza. Corrió hacia las grandes puertas doradas, levantando su vestido para no tropezar.
“¡Dong!”, sonó la campana, cada vez más fuerte.
“¡No la oigo bien!”, dijo el Príncipe siguiéndola, intentando abrirse paso entre la multitud sorprendida. “¡El reloj suena muy fuerte! ¡Espere!”
“¡Dong!”, repicó el reloj.
“¡Adiós!”, dijo Cenicienta, mirándolo por encima del hombro. Subió corriendo las escaleras de la entrada del palacio, sus pasos resonando en el mármol.
“¡Dong!”, sonó la campana.
“¡Por favor, detente un momento! ¡Dime tu nombre al menos!”, suplicó el Príncipe, corriendo tras ella.

“¡Ay, madre!”, dijo ella cuando, en la carrera desesperada, se le cayó la corona de flores en la escalera. Las flores empezaban a marchitarse a ojos vista, perdiendo su color y lozanía. Pero Cenicienta no podía detenerse. Siguió corriendo escaleras arriba sin mirar atrás.
“¡Dong!”, sonó la campana.
“¡Por favor, espera un momento!”, insistió el Príncipe, quedándose atrás, jadeando.
“¡Dong!”, repicó el reloj.
“¡Adiós! ¡Gracias por todo!”, gritó Cenicienta. Se volvió por última vez, con una mirada fugaz llena de agradecimiento y tristeza. Luego salió corriendo por la puerta principal y desapareció en la noche oscura.
“¡Dong!”. El reloj dio la última campanada de medianoche y enmudeció. El encantamiento se rompió.
“¡Espera!”, gritó el Príncipe, ya en la escalinata exterior. Recogió la corona de flores marchitas, todavía tibias de haber estado en su cabeza. Miró a su alrededor desesperadamente, pero ni rastro de su vestido verde por ninguna parte. Solo quedaba la noche silenciosa y las estrellas brillando indiferentes en el cielo.
“Esto es todo lo que me queda de ella”, dijo con tristeza, bajando la vista hacia la corona mustia. Pero entonces observó más detenidamente las flores. Eran especiales, trenzadas con una maña y un conocimiento que solo una verdadera jardinera podría tener. Las flores estaban dispuestas según su temporada de floración, combinadas con un arte exquisito.
“En algún lugar del reino está esa jardinera”, se dijo con determinación, apretando la corona contra su corazón. “Y cuando la encuentre, sabré que es ella. ¡Entonces le pediré que sea mi esposa!”
La Búsqueda del Príncipe#
De jardín en jardín, de casa en casa, fue el Príncipe buscando a la dueña de la corona, acompañado por sus guardias reales. Llevaba la corona marchita en un cojín de terciopelo.
Una joven tras otra intentó ponerse la corona de flores en la cabeza. Algunas tenían el cabello del color correcto, otras la altura adecuada, pero ninguna consiguió que las flores marchitas recuperaran su frescura. La corona permanecía mustia y sin vida sobre sus cabezas.
Así que el Príncipe, algo desanimado pero sin perder la esperanza, siguió adelante. “Tiene que estar en algún lugar”, se repetía. “No me rendiré.”
Por fin, después de días de búsqueda, el Príncipe llegó a casa de Cenicienta. El carruaje real se detuvo frente a la modesta vivienda.
“¡Ya viene! ¡Es él!”, gritó una hermanastra mientras espiaba por la ventana, casi cayéndose de la emoción.
“¡Está en la puerta! ¡Rápido, rápido!”, chilló la otra hermanastra, pellizcándose las mejillas para darles color.
“¡Daos prisa!”, gritó la madrastra, corriendo de un lado a otro como gallina sin cabeza. “¡Arreglaos un poco! ¡Una de vosotras tiene que ser la que pueda llevar esa corona! ¡Como sea! ¡Esta es nuestra oportunidad!”
El Príncipe llamó a la puerta con golpes firmes. La madrastra abrió la puerta de par en par con una sonrisa fingida que parecía más una mueca. “¡Pase, Alteza, pase!”, dijo ella con voz melosa. “Tengo dos hijas encantadoras deseando conocerle. ¡Qué honor para nuestra humilde casa!”
La primera hermanastra intentó colocarse la corona de flores en la cabeza con desesperación. Se esforzó y se retorció, apretó y empujó, pero las flores solo se marchitaron más, si cabe, convirtiéndose casi en polvo.
Luego la segunda hermanastra intentó ajustarse la corona con manos temblorosas. Lo intentó con todas sus fuerzas, tirando y apretando hasta que le dolió la cabeza. ¡Pero nanay de la China! Las flores permanecieron muertas y sin vida.
“¿No vive ninguna otra joven en la casa?”, preguntó el Príncipe, mirando alrededor con esperanza. Su instinto le decía que todavía no había terminado la búsqueda en esta casa.
“Ninguna más, Alteza”, mintió la madrastra rápidamente, poniéndose delante de la puerta que llevaba a la cocina.
“Entonces debo irme”, dijo el Príncipe con un suspiro de decepción. “Quedan muchas casas por visitar.”
“Quizás… quizás haya una más”, dijo Cenicienta en voz baja, entrando tímidamente en la habitación desde la cocina. Tenía las manos manchadas de harina y el delantal sucio, pero caminaba con dignidad.
“Creí que me habían dicho que no había más jóvenes aquí”, dijo el Príncipe, mirándola con interés creciente. Había algo en sus ojos…
“¡Ninguna que importe! ¡Es solo la criada!”, siseó la madrastra, fulminándola con la mirada. “¡Vuelve a la cocina inmediatamente!”
“Acérquese, por favor”, dijo el Príncipe con amabilidad, ignorando completamente a la madrastra. Su corazón comenzó a latir más rápido.

Cenicienta se acercó a él con pasos pequeños, nerviosa pero esperanzada. El Príncipe se arrodilló ante ella con reverencia, como si ella fuera ya una princesa, y, con sumo cuidado y manos temblorosas, le colocó la corona de flores en la cabeza.
¡Le quedaba perfecta, como si hubiera sido hecha para ella! Y al hacerlo, ¡las flores volvieron a la vida de forma espectacular, desplegando sus colores vibrantes y su fragancia embriagadora como por encanto! Los pétalos se abrieron, las hojas reverdecieron, y el aroma llenó toda la habitación.
Entonces, Cenicienta sacó algo de su bolsillo de delantal. ¡Era una pequeña pala de jardín, su herramienta más preciada!
“¡Lo sabía!”, exclamó el Príncipe, poniéndose en pie con una sonrisa radiante. “¡Eres tú! ¡La misteriosa jardinera del baile! ¡La muchacha de los ojos sabios y la sonrisa sincera!”
“¿QUÉ?”, gritó una hermanastra, incrédula, con la boca abierta.
“¡ELLA NO! ¡Imposible!”, chilló la otra hermanastra, pataleando y dando puñetazos al aire.
“¡No puede SER VERDAD!”, gritó la madrastra, roja de ira y frustración. “¡Es solo nuestra criada! ¡Debe haber un error!”
Pero era demasiado tarde. El príncipe ya solo tenía ojos para Cenicienta. Sabía sin ninguna duda que ella era la elegida, la muchacha que había capturado su corazón.
La miró a los ojos con ternura. No vio la suciedad de su cara ni el barro seco de su ropa. Vio a la muchacha especial con la que había bailado toda la noche, la jardinera sabia que sabía que los sueños imposibles pueden hacerse realidad.
“¡Te he encontrado!”, dijo él con una sonrisa radiante, tomando sus manos manchadas de tierra.
“Y yo te he encontrado a ti”, respondió Cenicienta, devolviéndole la sonrisa con ojos brillantes de felicidad.
Un Final Feliz#
Y así, Cenicienta y el Príncipe se casaron poco después en una hermosa ceremonia celebrada en los jardines reales en plena floración primaveral. Cenicienta llevó un vestido verde esmeralda, aún más hermoso que el mágico, y una corona de flores frescas que ella misma había cultivado.
Vivieron felices y comieron perdices (y muchas verduras frescas del huerto), cuidando juntos de su maravilloso jardín real para siempre. Cenicienta compartió su conocimiento de plantas con todos en el reino, creó jardines comunitarios para que todos pudieran cultivar alimentos, y nunca olvidó de dónde venía.
Y el Gnomo Padrino, bueno, él encontró un lugar de honor en el jardín real, donde podía aparecer y desaparecer cuando le viniera en gana, ayudando a quien lo necesitara con una pizca de polen mágico y mucha sabiduría.
La verdadera belleza brota desde dentro, como una flor en primavera. Quien cultiva bondad en su corazón, cosechar felicidad en su vida. Y a veces, los sueños que parecen imposibles solo necesitan un poco de magia, mucho trabajo, y el coraje de creer en uno mismo.
